Barby motociclista -Edición limitada-

Entrevista a Gabriela Leticia, una motociclista de 60 años

Diana Nápoles
13 min readDec 26, 2016

Por: Diana Leticia Nápoles

La motociclista más grande de México que todavía rueda vive en Torreón, aquí su historia.

Le dicen La Barby, porque así la bautizaron sus compañeros motociclistas cuando ingresó al primer club. Tenía treinta años, las piernas llenas de cicatrices y el alma galopante, deseosa de sentirse volar en cada huida. Su afición arrancó desde la infancia, cuando su padre la trepaba en su moto y empezaba a tomarle fotos. Hoy, a sus 60 años, sigue a bordo, en viaje permanente, rompiendo el viento.

Con una mano se acomoda el cabello largo que le llega a la cintura. Esta Barby no es una muñeca de aparador, sino una mujer de carne y hueso con una pasión arraigada en la sangre. Cuenta que una de las experiencias más fabulosas que ha vivido fue ese viaje a Mazatlán. Iba con otros dos motociclistas sorteando las curvas, cuando se cayó de la moto en la cima, allá en el mirador, donde venden las gorditas; la herida fue profunda y su brazo comenzó a sangrar a borbotones.

Su cuerpo bordeaba el precipicio. Asustada, le dijo a sus compañeros que ya no manejaría el resto del camino, que la subieran en alguna de sus motos y la llevaran hasta la playa. Uno de ellos, Mariano, la miró y le dijo que tirara su moto: Tírala al precipicio, ¿quién se la va a llevar si todos traemos moto?, tírala. Barby se quedó sin expresión, paralizada aún de miedo, luego volvió a suplicar que la llevaran porque se sentía incapaz de manejar otra vez. Entonces, las palabras de Mariano la estrujaron aún más que el pavimento a su piel cuando escuchó: Te subes conmigo y avientas tu moto, o le das; no traemos camioneta ni nada para llevarla.

Barby volteó a mirarse la herida y supo que esa decisión la acompañaría el resto de su vida; entonces se puso de pie. Levantó la moto con el brazo punzante y encendió el motor. Me dieron 16 puntadas en el codo, gracias a Dios todo salió perfecto, recuerda.

Sabe que jamás la hubiera abandonado, esa moto tiene un significado muy especial para ella. Su hijo se la compró con los primeros sueldos que cobró como recién egresado. Cada vez que Barby vuelve a Mazatlán dice que siente de nuevo la adrenalina de aquél día y piensa que se recibe otra vez de su carrera como motociclista: Es algo mental, muy mío. Rodar esa carretera es como pasar una tremenda prueba.

Cuando viaja no le gusta escuchar música, concentra su mirada en el camino; dice que por eso está viva. Barby, Gabriela Leticia por su nombre de pila, es la mayor de cuatro mujeres. Su papá era motociclista y cuando ella tenía 3 o 4 años la ponía a limpiar la moto. Así fue como empezó a encariñarse con estas máquinas, aunque en aquel entonces eran nada más un gusto de niña.

Su padre era un aficionado que compraba motos por puro gusto. Trabajó muchos años en el Puerto de Liverpool y en Fábricas Unidas. Barby recuerda que a veces él se iba a trabajar en su carrito y otras tantas en la moto. Fue a los 13 años cuando por fin la enseñó a manejar, descubriéndole una posibilidad que la llevaría a escenarios impensables a su edad.

Al inicio se caía, se descalabraba, se hacía raspones, pero sus papás no podían convencerla de que abandonara la moto. Además, patinaba mucho, porque ella es una mujer de deportes extremos. Me gusta bucear y hacer actividades que no están para mi edad, pero estoy fascinada porque puedo hacerlas.

Su padre tenía una moto DCA 1100, y ella se recuerda como un huesito porque era muy delgada, tanto, que su mamá le decía: Te vas a matar, niña. A ninguno de sus hermanos le interesó aprender a rodar más que a ella. Pero ahora sus hijos y nietos son aficionados y tienen moto.

Dice que sus hermanos tenían otros gustos, como el futbol americano. En cambio, ella dedicó su adolescencia al motociclismo y al taekwondo; es maestra cinta negra tercer dan y hace unos años impartía clases en su propia escuela.

Barby dice que fue una buena estudiante. Cuando salía de vacaciones seguía desde su moto el coche familiar, aunque algunas veces su papá también rodaba con ella. Después, él dejó de manejar y ya nomás me iba cuidando, dice. A los 15 su papá le regaló su primera moto. Fue mi regalo de quinceañera. De ahí en adelante no ha dejado de rodar. Poco a poco se fue acostumbrando a hacer todo en su moto: La usaba hasta para ir a las tortillas.

Gabriela lleva el kilometraje tatuado en la memoria. De repente detiene su charla porque un recuerdo le cruza el pensamiento y dice que acaba de subir una foto donde sale embarazada de su primer hijo –el que ahorita tiene 33 años– en su moto Honda, sentada y manejando, ahí está en el Face (barbybikertorreon).

Ya de ahí seguí la vida, me casé. Cuando conoció a su marido él quiso quitarle la moto. Pero como pasa siempre con las pasiones exacerbadas, no pudieron apagar su afición sino estacionarla un rato. Cuando su esposo se dio cuenta de que no podría separar a su mujer del artefacto, optó por convertirlo en un peinador para la recámara. Con el armazón de la moto fabricaron el tocador, agregándole cajoneras y demás elementos. El mueble tenía espacio hasta para poner el cepillo, cuenta.

Aunque Barby estaba embarazada seguía transportándose en moto, hasta que sus amigas y familia la hicieron sentar cabeza. Le decían que se iba a caer y que después le pasaría algo a la criatura: Por eso ya me quedé así, con la moto de adorno en la recámara hasta que nació mi hijo. Pero cuando el niño cumplió tres años, Barby aventó los cepillos y volvió a sacar su moto, le puse la pila, y subió al retoño con ella. Lo llevaba al colegio, al taekwondo, a la natación.

Gabriela cuenta que sus hijos siempre fueron muy deportistas. Para ella era más importante que practicaran algún deporte a que se enfocaran en los estudios. Le preocupaba mucho que estuvieran emocionalmente bien. ¿Para qué quería unos genios si iban a estar traumados? Gracias a Dios me fue muy bien con los dos.

Cuando sus hijos crecieron y se casaron, compraron sus propias motos. Mi primer esposo nunca quiso aprender a andar en ella, cuenta.

El papá de Barby dejó las motos a los cuarenta años, yo ya tengo sesenta y no he podido dejarlas. Es que no puedo, reina. Sí quiero pero no puedo. En septiembre me caí mientras viajaba en la carretera a Chihuahua. La carretera estaba rayada; la moto derrapó bastante, se quebraron las defensas, los tubos, me pegué en la cabeza, la moto me arrastró.

Sesenta años sin apagar el motor

Gabriela dice que se ha caído 4 veces, aunque asegura que esta última caída no estuvo tan fea, ya que por la velocidad que llevaba pudo haberse quebrado alguna pierna, pero sólo recibió golpes, esguinces y heridas, lo cual no es impedimento para que ya esté planeando su siguiente viaje.

Mientras el cuerpo se recupera, sus ansias por volver a rodar no dejan de abrumarla. Barby quiere asistir al Encuentro Nacional de Motociclistas de Guadalajara, es de puras mujeres. Pertenecer a un club es pertenecer a una hermandad, y como en todos los grupos aquí también hay reglas, una de ellas establece que si eres mujer piloto puedes asistir al evento, siempre y cuando llegues en tu moto. Barby es la única mujer motociclista de toda la República que será aceptada en el encuentro aunque no llegue en moto: Puedo irme en carro o en avión, pero en moto no porque todavía no puedo manejar. A mis otras compañeras que también están accidentadas y que son de Querétaro, Puebla y México, no las quieren aceptar si no se van en moto, porque yo me accidenté rodando en otro estado, y ellas también rodando, pero haz de cuenta aquí afuera de su casa, en la Soriana, ni siquiera en carretera; entonces ése es el meollo.

Barby dice que las motociclistas más jóvenes son sus hijas, porque ella es la única señora mayor: Soy la motociclista más grande de México que todavía rueda, afirma. Luego, corrige diciendo que hay otra señora más grande que se llama Paty y que pertenece al Club de la Santa Muerte, en México. Esa señora, que ha de andar rondando los 75 años, también viaja, pero no tanto como Barby. La otra vez la vi en su Hondita, así muy mona.

Gabriela es una mujer jubilada. Dice que ahora viaja mucho y sola. Antes pertenecía a un club de motociclistas con los que salía a carretera, pero sus amigos no siempre podían acompañarla porque eran más jóvenes que ella y tenían que trabajar.

Barby confiesa que hace unos años, cuando aún no se había jubilado y atendía la escuela de taekwondo, a veces se escapaba. Abandonaba mi trabajo, mis obligaciones, todo, con tal de irme en la moto. Acepta que esta afición le ha traído problemas, pero también confirma que ha obtenido más felicidad que conflictos. Por ello, tuvo que aprender a organizarse para poder estar en todo; con sus hijos, con el marido, con la moto, en el trabajo y haciendo ejercicio.

El primer viaje

Su primer viaje en grupo fue a Durango. Ella tenía una moto Honda Rebel 450, y manejaba muy fuerte, porque aún no aprendía bien. Sus compañeros le decían: Hey, ¡párate, párate!, y al meter el frenón la gravilla la hacía derrapar y salía volando, esto ocasionó que le empezaran a decir El Papa. Cuando ella les preguntó que por qué le decían así, ellos respondieron que porque besaba el piso en cada ciudad a la que llegaba, por las derrapadas. Mira, hay dos clases de motociclista: el que se va a caer, y el que ya se cayó, explica.

Cuando le preguntan qué es lo más peligroso que ha vivido en su moto, contesta que la velocidad. Si al ir manejando una motocicleta el conductor se aloca, puede pisar el acelerador hasta ver topar la agujita, porque nos gusta mucho probar las motos nuevas y correrlas, a veces a 180–190 km/hr. Barby dice que manejar despacio es aburrido, y que ella necesita ir metiéndole más, más y más velocidad cada vez.

Pertenecer

Gabriela ha pertenecido a dos clubes. El primero fue Los Buitres del Desierto, que era liderado por Nacho Motos, quien anteriormente manejaba motocross y fue campeón nacional. Ella era muy joven cuando empezó a juntarse con ellos. Un día llegó y les dijo que le gustaban las motos, y fue así como armaron un grupo entre varios amigos.

Éste fue uno de los primeros clubes en Torreón, y Barby asegura que todos los demás grupos ahora son dirigidos por exBuitres, porque poco a poco fueron separándose y formando sus propias agrupaciones. Después, Barby se fue a un club llamado Lama, y llegó a rodar junto a Valente Arellano, el torero.

Todos los fines de semana los motores se encendían. Los sábados por la mañana agarraban carretera hacia Chihuahua, Durango o Mazatlán, para poder estar en el evento todo el sábado y regresarse el domingo en la mañana, porque el lunes tenían que irse a trabajar temprano. Toda la vida hemos andado así, carrereados en los eventos. Ahora que está jubilada, Barby prefiere viajar sola.

Al preguntarle cómo fue tratada cuando se acercó al primer club de motociclistas, responde que la recibieron de maravilla, y que luego luego le consiguieron una moto usada que le costó 30 mil pesos. Cuando Barby llegó a ese club de motociclistas ya contaba con un kilometraje nada despreciable.

La partida de los hijos

Cuando el hijo de Barby se graduó, le preguntó a su mamá qué iba a hacer de su vida, ya que su papá había muerto. Ella le dijo que disfrutaría de su viudez, y que se la pasaría rodando en su moto, pero su hijo decía que esa moto ya estaba muy vieja: Esa moto qué, mamá. Pero Barby no tenía dinero para comprarse otra. Entonces, su hijo le hizo una promesa; le dijo que se iría a trabajar a Monterrey y que en seis meses le tendría noticias. Como alguien que recuerda sus propias promesas de hija, Barby pensó que su hijo sería como ella cuando le prometió a su mamá comprarle una casa y un carro. Pero en seis meses me dio la desconocida.

Un día su muchacho le habló por teléfono y le dijo que fuera a Monterrey a cuidarle a su nieto unos días. Le pidió que se fuera en camión porque ellos la regresarían. Barby aceptó y cuando llegó a la casa, abrió la cochera y vio una moto grandotota: Tenía un moñote y serpentinas; y olvídate. Yo le dije: Ay, hijo, te juro que jamás creí que fuera para mí. Y él le contestó: Esto es poquito en comparación con lo mucho que usted nos ha dado. Luego, le puso las llaves en las manos y le dijo: Tenga, Magdalena, ya no llore ándele, vámonos a dar una vuelta.

Barby dice que sintió como si hubiera traído un Volkswagen y de repente se lo hubieran cambiado por un tráiler. Su moto anterior era mucho más pequeña, y su nueva Vulkan 900 se convirtió en uno de los mejores regalos de navidad que hubiera recibido. Esa moto es el amor de mi vida.

Barby para la banda

Cuando Gabriela pertenecía a Los Buitres del Desierto los motociclistas decidieron hacerse credenciales como identificación para el club y empezaron a asignar apodos de acuerdo a las ocupaciones o trabajos que ejercía cada uno. Por ejemplo, a uno que arreglaba relojes lo llamaron El relojero.

Y así fueron buscándole apodos a todos. A otro le pusieron La Bestia porque estaba grandote y gordo, y a otro El pescado. Como ella era la única mujer motociclista, de complexión delgada y con el pelo muy largo y rubio, dijeron: La Barbie, apodo con el que ella estuvo de acuerdo. No me acuerdo quién de ellos me puso el nombre, no sé si fue Nacho o Mariano.

Gabriela dice que ser motociclista es un estilo de vida. Para ella es muy relajante, andar en moto no la pone nerviosa o estresada, por el contrario, cuando sale estresada de su casa enciende la moto y se va echando unos gritotes.

Dice que con las caídas ha aprendido a no darle tan fuerte. Y que sus hijos quieren que pertenezca a algún club, pero que para ella es muy difícil formar parte de una agrupación porque siempre rompe las reglas. A mí el club me estresa; me estresan las reglas. Y luego llegan a las juntas y van de cerveza en cerveza; la junta viene empezando como hasta las 11 de la noche; además, yo no tomo ni fumo, y así no se puede convivir mucho, piensa.

Aunque ella ha buscado involucrar a otras mujeres en esta afición no ha encontrado a muchas candidatas. Incluso, se ha ofrecido a darles clases gratis. Dice que las que se topa no son motociclistas de corazón, sino de cotorreo. Lo mío es de corazón, de nacimiento, lo traigo en la sangre, en los genes.

Por ahora, Barby no ha intentado formar su propio club pero sí ha logrado enseñar a varias de sus amigas a andar en moto. Hay dos cosas: el marido y la moto, y ellas escogen al marido. Yo escojo las dos cosas.

Cría fama y échate a dormir

Uno de sus grandes orgullos es que ha ganado muchos amigos y amigas gracias al motociclismo, amistad de verdad no nomás de dientes para afuera. Barby dice que ella no se cree artista, estrella ni diva. Yo no pedí ser motociclista, mi padre Dios me bendijo con esto y estoy muy contenta; no hay ciudad que pise en la que no me ofrezcan hospedaje.

Dice que el motociclismo tiene muy mala fama, que a las mujeres que andan en moto las creen golfas, y a los hombres: borrachos, marihuanos o pastilleros; pero ella dice que están muy equivocados porque es sólo un estilo de vida más.

Cuenta que en una ocasión iban a salir a carretera y pasaron por un amigo al hospital porque era doctor. Cuando salió llevaba puesta su ropa de motociclista y algunos pacientes que lo vieron dijeron: ¿Ah poco es motociclista?, ¿pero cómo que me va a operar ese doctor?

Barby dice que ella se hizo famosa porque empezó en el motociclismo desde muy joven. Hay muchos motociclistas que no llegan a viejos, yo desde los 15 ando en moto y ahora que tengo 60 sigo en moto.

Hace unos veinte años las mujeres no eran bien recibidas en los clubes de motociclismo, pero ahora es distinto. Yo fui una de las que abrió ese camino. Aquí todo cuenta: tu comportamiento, cómo manejas. Barby asegura que el mundo de los hombres es maravilloso y que cuando una mujer se da su lugar, ningún hombre tiene por qué faltarle al respeto. Cuando yo te cierre el ojito, te coqueteé, entonces te estoy echando el can, mientras no sea así: respeto total.

Vámonos de rol

Gabriela se considera una mujer positiva, cree que con los años ha ido cambiando su temperamento. Antes era muy rebelde; no me gusta acatar órdenes, no me gustan las reglas. Creo que soy una persona que ha luchado, y que ha tenido muchos tropiezos pero que ha sabido levantarse: soy una guerrera, así me describo.

Cuando sale de viaje se lleva dos pares de botas: las de carretera y las sexies para la ciudad. Su ropa de viaje incluye: chaparreras, casco, guantes, chamarra y chaleco. Además, a veces carga unas botas extra por si la agarra la lluvia, el granizo o los terregales. Sobre todo cuando vamos a Saltillo y que regresamos, parece que venimos en un río, dice.

Antes de emprender un viaje, Barby acostumbra hincarse sobre una almohada, recargarse en la orilla de su cama y ponerse a orar como cuando era niña. Primero, le da gracias a Dios por ese día y pide llegar con bien a su destino: Nomás que no me vaya a petatear. No me quiero morir todavía.

Su moto trae una campana colgando. Según la leyenda, este sonido ahuyenta a los duendes o diablillos de la carretera. Estas campanitas hacen que se aleje todo lo malo, pero tienen que ser regaladas, no pueden ser compradas por el conductor. La vez que me accidenté no las traía en la moto, recuerda.

Barby se acomoda en el sillón y voltea a mirarse el pie. Lo tiene inflamado por el golpe que recibió en el último accidente. Aún no puede ponerse zapatos ni apoyarlo en el piso. Dice que ella nació para ser motociclista y que ya quiere subirse otra vez a la moto. “Ya me urge, reina, ya me urge”.

Twitter: @diananapoles

Texto publicado en el suplemento Semanario del periódico Vanguardia (Saltillo, Coahuila) el 15 de diciembre de 2014.

Enlace a publicación: http://www.vanguardia.com.mx/barbymotociclistaedicionlimitada-2227096.html

--

--

Diana Nápoles
Diana Nápoles

Written by Diana Nápoles

Comunicóloga, lectora y cronista en entrenamiento

No responses yet