El Ironman que dirige una orquesta juvenil
Sus actividades van desde correr un maratón hasta coordinar a decenas de niños que viven en situación vulnerable y para quienes la música se ha convertido en un refugio.
Por: Diana Leticia Nápoles Alvarado
Si te asomas a la habitación verás a un niño callado concentrado en ponerle cinta adhesiva a un casete para reutilizarlo y grabar música de concierto que escucha en la radio. Treinta y ocho años después –al echar el mismo vistazo– te encontrarás a un hombre de 51 años que no ha dejado de atesorar la música clásica convirtiéndola en el eje de su vida.
Tiene el cabello negro, es un poco bajito, delgado y usa lentes. Se llama Miguel Ángel García Rodríguez porque su papá –un ingeniero minero– también se llamaba así por su onomástico el día de San Miguel Arcángel. Nació en Fresnillo, Zacatecas
Si lo ves caminando en la calle no te imaginas que ha competido en seis Ironman –una competencia que consiste en nadar 3.86 km, pedalear 180 km y correr un maratón, todo en el mismo día. Y si te cuenta de las competencias, no atinarías a suponer que el atleta también es director de una orquesta conformada por setenta y cinco niños que han encontrado en la música el lugar más feliz de sus días.
De su carácter dice que es exactamente lo opuesto a su padre, a quien describe como un hombre seco, frío y de pocas palabras. En cambio, se considera una copia al carbón del temple de su madre, una mujer amigable que bromea y habla con todos.
A los veintiún años compró su primer violín y empezó a tomar clases. Sus padres no escuchaban música clásica. “Mi mamá es de Villa García, Zacatecas, ahí escuchaba música ranchera y a Julio Iglesias, no tengo influencias musicales por parte de ellos. En la secundaria despertó mi interés por la música de concierto gracias a una clase”.
Miguel recuerda con cariño a su maestro Fernando, quien impartía clases de música en la secundaria pública Dr. Manuel Barranco №28, en CDMX. “Él rentaba películas en formato Súper-8 en la Embajada de Alemania y nos las ponía en un proyector, eran las nueve sinfonías de Ludwig van Beethoven. Nos decía: «No quiero que mueran sin haber escuchado esto»”.
Obras como la Obertura 1812 de Tchaikovsky, piezas de Anton Dvorak y Mozart desfilaron por sus oídos a esa edad. Pero el descubrimiento se dio un tiempo después, cuando su tío Roberto –que era militar– escuchaba música con él. Cuando se iba al Colegio Militar le prestaba su radio. Como la música de su tío no le gustaba, Miguel sólo escuchaba La hora del observatorio, una estación que te dice la hora a cada minuto.
“Me aburría en esa estación y empecé a buscar otra en la que pudiera escuchar algo que me gustara. Así di con ‘Estéreo Classic, buena música desde la Ciudad de México (sonido de campanadas)’, la cual ya no existe”. Miguel hurtaba los casetes de su mamá y los reutilizaba poniéndoles un trozo de cinta adhesiva para grabar canciones de la radio y conformar así su primera fonoteca. Además, no sólo grababa las piezas musicales, sino también la explicación del locutor con los detalles de las obras. “Mi primera formación musical fue a través de la radio”.
En su infancia jugó futbol americano en el equipo Troyanos y fue monaguillo en una parroquia cercana a su casa. Cuando era estudiante invertía sus primeros salarios en comprar discos de música clásica que aún colecciona. Planeaba estudiar en el Instituto Politécnico Nacional pero no pudo ingresar porque reprobó química. Por ello, empezó a estudiar idiomas.
“Descubrí que lo que más me gustaba era la universalidad, la cual encontré a través del estudio de las lenguas extranjeras. Estudié inglés, francés, japonés, alemán y griego moderno, lo cual me permitió conseguir una beca en Alemania, otra en Grecia y una más en Japón”.
Más tarde estudió Relaciones Internacionales y Filosofía, gracias a lo cual comenzó a dar clases en universidades de CDMX, actividad que realizó durante casi quince años. Una de sus alumnas grababa sus clases en casetes y por casualidad un directivo de Industrias Peñoles escuchó una de estas cátedras, después de lo cual le ofreció trabajo. Actualmente colabora en Peñoles como Gerente de Innovación y Capital Intelectual.
“Al ingresar a esta empresa inicié varios proyectos, uno de ellos fue el triatlón Ironman. Asimismo, comencé el proyecto que le da sentido a mi existencia, DIME (Desarrollo Integral del Menor) A.C.”. Esta iniciativa busca trabajar con comunidades vulnerables de Torreón, Coahuila.
Miguel admira a los niños, cree que son una fuente de conocimiento y sabiduría infinita. Además, hay dos personas en su vida a quienes también respeta profundamente, Misha Kousnetsov, su primer maestro de violín, y César Rueda, su primer coach de triatlón. “Ellos fueron un parteaguas en mi vida”.
El recuerdo más preciado que tiene de la música fue cuando escuchó por primera vez un violín Stradivarius, en el Concierto para violín y orquesta N° 3 de Mozart, en el Salón Los Reyes del Casino Español de México. “Era muy joven, lloré porque no podía soportar el peso emocional que cayó sobre mí”.
Su lema es una frase de Platón que dice: “La música es la gimnasia del alma, si es que el alma puede moverse o trascender, es a través de la música”. Se describe como alguien que no se da por vencido fácilmente. “Me gusta ponerme retos muy locos, otra de mis fortalezas es la curiosidad, me interesa conocer de muchas cosas más que profundizar en una sola”.
El proyecto DIME
Lo que más le gusta de trabajar en esta asociación civil es el hecho de dedicar su vida al arte. “En DIME pensamos que el arte –y últimamente también el deporte– nos ayudan a enriquecer nuestra vida, a encontrarnos con nosotros mismos y a tener razones para vivir. Y si podemos sembrar esta semilla en los niños, entonces se convierte en algo maravilloso”.
Su socia y cofundadora del proyecto, Ana Rendón, habló con él acerca de la posibilidad de ayudar a niños en condiciones vulnerables. Ana ya había creado esta organización (DIME) pero al principio se dedicada a organizar brigadas de apoyo con donativos de ropa, alimentos y asesoría jurídica en colonias de escasos recursos de La Laguna.
“En una plática yo le planteé la posibilidad de lograr eso mismo, pero haciendo que la música se convirtiera en el canal a través del cual fluyera el autoestima de los niños”, comenta Miguel. El equipo está formado básicamente por Ana y él. Ella se encarga de la administración y procuración de fondos, mientras que en Miguel recae la coordinación de maestros, adquisición de partituras, impartición de clases y dirección de la orquesta.
Asimismo, cuentan con un staff de maestros de alientos, percusiones y cuerdas. Por otra parte, las madres de familia también son un engrane importante de la asociación. Hay un grupo de mamás coordinadoras en cada ejido. La organización empezó a trabajar en 2010 y actualmente más de quinientos niños han pasado por sus aulas.
Algunos no han podido continuar, pero hoy en día hay casi cuatrocientos cincuenta niños y jóvenes en las filas de DIME. “Lo más difícil es ver cuando alguno de los chicos –por razones como maltrato familiar, agresiones físicas o carencias económicas– tiene que alejarse de nosotros. En ocasiones los niños llegan a los ensayos golpeados, violados (hubo dos casos de niñas violadas) y, sin ser psicólogos ni tener una preparación profesional al respecto, hacemos lo que podemos para ayudarlos a sobrellevar este tipo de situaciones”.
Miguel siente que los niños de la asociación se han convertido en sus hijos. “Yo no tengo hijos, pero con ellos he construido un vínculo muy grande a través de la música”. Considera que lo más emocionante de trabajar con los chicos es ser testigo de cómo cambia su forma de ver la vida. “Ellos se ven capaces de hacer cosas bellas, lo más maravilloso es ver cómo se sorprenden de hacer cosas diferentes, además tratamos de acercarles estímulos intelectuales y artísticos”.
Las actividades comenzaron en el Ejido Ignacio Allende, al principio sólo contaban con siete violines. “Empecé a dar clases sin haberlo hecho antes, ¿qué imaginábamos? Nada, simplemente dejamos que nuestras ganas y emociones fueran guiadas por la creencia en las bellas artes y todo se fue dando. Tener una orquesta sinfónica definitivamente no era la idea que teníamos hace ocho años, pero todo se ha venido dando de una manera maravillosa, no de forma aritmética sino exponencial”.
El lagunero considera que la música es muy importante para los niños por muchas razones. En primer lugar, ayuda al desarrollo del cerebro y el área psicomotriz, encargada de la coordinación. Por otro lado, es una conexión directa con el espíritu. “Más allá de aprender a leer notas o a interpretar obras, lo importante es la forma en que los chicos se conectan con lo más profundo de sí mismos”.
Por otra parte, en el ensamble se forman comunidades de niños y jóvenes. “Para que el ensamble funcione tiene que haber armonía y para eso, tienes que aceptar al otro, esperarlo, motivarlo, quererlo, sin perder el todo”.
Los apoyos empezaron a llegar de parte de empresarios que solicitaron mantener su anonimato y a ellos se han venido sumando otros patrocinadores. “Lo importante no es el monto, sino el corazón y la intención con la que nos están apoyando. Ana es la que mes a mes sufre y suda para completar la nómina, comprar instrumentos, atriles y partituras, lo cual representa un gasto considerable”.
García Rodríguez dice que DIME aún no cuenta con niños o jóvenes que hayan ingresado a escuelas de música. “Si bien creemos en el arte, nuestro objetivo no es formar músicos, sino fortalecer el autoestima de los niños y trabajar en la integralidad humana”. Gracias a sus gestiones han logrado la incorporación de dos chicos becados a la universidad y otros tres a preparatorias de prestigio en Torreón. También cuentan con una red de chicos que son apoyados con la cuota de inscripción de la escuela.
“Ellos están pagándose sus estudios o becas gracias al instrumento que aprendieron a tocar. Nos hemos convertido en un medio para brindarles la oportunidad de acceder a estudios universitarios y educación media superior gracias a los nexos que estamos haciendo con instituciones educativas. DIME impacta en sus vidas abriendo las ventanas del arte, lo estético, la belleza, la filosofía y los grandes compositores. Después de eso, su mundo se transforma en un lugar diferente”.
El violinista considera que las comunidades cambian de raíz. Al principio los padres los veían con desconfianza porque les ofrecían clases gratuitas a sus hijos. Conforme fueron avanzando, notaron que sus hijos dejaban de ver televisión, pasar tiempo en la calle o de tener amistades nocivas y se concentraban en aprender a tocar su instrumento. “Ahora sienten una satisfacción muy grande al verlos interpretar una pieza”.
En ocasiones los integrantes de DIME viajan al interior de la República para realizar presentaciones. “Espero que pronto podamos viajar también a otros países. La música es una ventana al mundo de afuera pero también al de adentro, lograr esa conexión es sinónimo de una riqueza existencial que difícilmente podría llegar por otra vía que no sea el arte”.
Miguel Ángel le dedica entre quince y dieciocho horas a la semana a este proyecto. Su sueño es que cuando Ana y él no estén, DIME haya generado una red inteligente de personas que estén dispuestas a ayudar a otros a través del arte, seres humanos que crean que la música y las bellas artes pueden hacer fuerte a cualquier individuo y que además sean lo suficientemente capaces de transmitirlo sin buscar ningún tipo de retribución.
Lo más valioso para DIME es la sustentabilidad, es decir, la posibilidad de sembrar una semilla que pueda hacer feliz a un grupo de personas no sólo ahora, sino también en el futuro. Su visión a largo plazo es que los alumnos de DIME se conviertan en maestros –muchos ya lo son–, pues más adelante se requerirá de ellos para regresar a la comunidad una parte de lo que recibieron.
Ana y Miguel confían en que el conocimiento, emoción, motivación y el gusto por las bellas artes puedan migrar a través de los corazones y espíritus de los niños que vendrán en el futuro. El perfil de los profesores de DIME es muy importante, no se necesita a los mejores músicos –aunque los tienen–, lo más importante es que los maestros tengan la capacidad de aceptar, entender y de ponerse en los zapatos de los chicos, que provienen de situaciones de desventaja y vulnerabilidad.
“Más que maestros necesitamos amigos, es decir, maestros que sepan ser amigos de sus alumnos para que los jóvenes se motiven y deseen ir a los ensayos”. DIME es un proyecto lagunero que cree que el talento está en cualquier parte. “Cuando vamos a los ejidos nos damos cuenta de los talentos matemáticos, de lectura y apreciación de la belleza que tienen los niños”.
En palabras de sus fundadores, lo más importante que DIME está logrando es que los niños se quieran más a sí mismos, que sus familias crean en ellos, que ellos crean en sus familias y que se sientan orgullosos y capaces de crear algo bello. Cuando uno de estos niños se sabe autor de algo sublime, su autoestima aumenta y la necesidad de un satisfactor externo disminuye. Por otro lado, el hecho de saberse capaces los hace fuertes.
Los interesados en apoyar a esta asociación civil pueden acceder al sitio web www.dimeac.org.mx o a su página de Facebook, los donativos pueden ir desde $1 peso. La visión de DIME es crear al menos diez orquestas sinfónicas en los próximos diez años y fomentar la participación de cinco o seis mil niños de diferentes ejidos. La asociación se define como un movimiento sin intereses políticos, sociales o religiosos, su único afán es crear sonrisas en los niños.
Sus locuras y pasiones
Miguel confiesa que ha cometido tres locuras en su vida: la primera fue estudiar violín en condiciones encontradas. “Tuve todos los obstáculos para empezar. Un día escuché a mi primera maestra de violín platicar con un amigo y le decía que yo jamás iba a tocar, eso me deprimió profundamente. A pesar de eso continué”.
Su segunda locura fue entrar al mundo del triatlón Ironman. A los cuarenta y dos años aprendió a nadar y a andar en bicicleta. La tercera locura es dirigir una orquesta. “Siempre había dicho que la profesión más difícil era ser director de orquesta y sin tener estudios previos empecé a hacerlo. Seguramente cometo muchísimos errores, pero la orquesta cada día suena un poco mejor. Trato de leer sobre dirección de orquestas, veo a directores y poco a poco intento ir perfeccionando este arte”.
Hay algo que atesoro mucho, mi violín, se llama Pitágoras, es un instrumento francés del siglo XIX. Lo encontré en una casa de antigüedades, gracias a él pude conocer a mi maestro de violín. El instrumento estaba destrozado y mi maestro lo reparó.
Las figuras más importantes de su vida son, en primer lugar, los niños; en segundo, su madre, quien le ha abierto los ojos a muchas cosas y, en tercer lugar, los grandes compositores que le permiten conectar con sus emociones. Entre ellos están Mozart, Antonin Dvorak, Max Bruch, Handel, Vivaldi, Paganini, entre otros.
En palabras de Ana Rendón, Miguel es un hombre generoso, inteligente y deportista. Una de las cualidades que más admira de él es su humildad. “Aunque lo contradigas, puede argumentar su opinión de una manera muy amable”.
“Para mí es más que un socio, es mi hermano de vida. Este proyecto es su pasión. Le echa todas las ganas del mundo, para él es como un hijo que educa, forma, proyecta y planea. Miguel es alguien que tiene clara su visión en la vida, sabe lo que quiere y lo que le inquieta. Es una de las personas que más ha influido en mí, me encanta tenerlo en mi vida. Es una persona maravillosa en todo el sentido de la palabra”.
“El mayor logro de mi vida no tiene nada que ver con mi ingreso, posición en la empresa ni logros en el deporte…, considero que es tocar el corazón de niños, en el momento en el que entro a formar parte de su vida y noto que ésta tiene un sentido para ellos, ahí es cuando creo que he alcanzado mi mayor logro”, comenta el director de orquesta.
Miguel Ángel describe a su esposa Linda Haro como una gran amiga. “Ella es muy dura, directa, demasiado ordenada, lógica, racional. Creo que somos almas gemelas. La conocí en la Maestría en Humanidades en el Instituto Cultural Helénico de CDMX, ahí empezó nuestra historia como compañeros y amigos, espero que siga así durante mucho tiempo”.
El triatleta comenta que no tiene tiempo libre. Cuando no está trabajando, está con los niños, leyendo, tocando, entrenando, pasando tiempo con su esposa o durmiendo. “El concepto de tiempo libre para mí es muy raro, no me concibo a mí mismo tratando de dispersarme, eso no existe en mi diccionario. Disfruto mucho todo lo que hago”.
Miguel reconoce que lo último que pasaba por su mente era dedicarse a enseñar música. “No sé qué significa tener cincuenta y un años, para mí la edad es sólo un número. Hay una estrella que siempre me ha guiado, quizá suene fantasioso pero es cierto, hay una estrella que me guía para hacer lo que tengo que hacer”.
“Es como un semáforo, cuando está en verde, yo avanzo y pasan cosas maravillosas. Cuando está en rojo –a pesar de que quiera seguir por ese camino– todo se bloquea. Mi madre y mi esposa son conscientes de esta experiencia, tan es así que me dicen: ‘Tu estrella sigue brillando’. Creo que lo más importante es la cantidad de corazones que podemos tocar”, finaliza.
*Texto publicado en la página de Facebook https://www.facebook.com/perfilese.historias/ del periódico El Norte (Monterrey, Nuevo León) el 12 de septiembre de 2018. El texto participó en esta convocatoria:
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