La vida se va por la boca

‘Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos’. Pedro Páramo

Diana Nápoles
4 min readDec 28, 2016

Por: Diana Leticia Nápoles

La lengua es la parte social del lenguaje y representa la visión del mundo de cada ser humano, además de acercarnos a la comprensión de su manera de actuar, percibir y sentir. ¿Pero qué pasa cuando una lengua se pierde para siempre? Para comenzar, qué lleva a una lengua a aislarse.

Cuando un dialecto se extingue, con él muere toda una concepción del mundo y la realidad. Muere la tradición oral que sus historias sostenían, así como las personas que con sus ecos y usos la poblaron. En México, el español y las lenguas indígenas tienen la misma validez en el territorio; sin embargo, a diario asistimos a la falta de reconocimiento ante ese lenguaje que ya no es compartido, porque nos hacemos los sordos ante la identidad de los otros.

¿En qué se basa el supuesto de superioridad de una lengua sobre otra? ¿En el número de sus hablantes? Con la desaparición de los dialectos estamos alentando la homogeneización de la cultura, así como instaurando valores dominantes frente al tipo de relaciones que establecemos con personas y comunidades. ¿Por qué un niño indígena tiene que aprender español para que lo podamos escuchar y nosotros no tenemos, a su vez, que aprender su lengua para conocer su voz?

México ocupa el octavo lugar en el mundo entre los países con mayor cantidad de pueblos indígenas, y el 9% de nuestra población habla una lengua indígena. Más de 200 lenguas se han extinguido en el transcurso de las generaciones, mientras que 64 de los 364 dialectos están en riesgo de desaparecer, siendo el náhuatl la lengua indígena más hablada.

Estoy acostumbrada a escuchar, leer y ver cómo somos especialistas en sentir desprecio por lo nuestro, por los rasgos de nuestro carácter y cultura, casi como si de una peste se tratara. Al principio creí que era vicio de unos cuantos, pero conforme más crezco, más me convenzo de que no es síntoma de un grupo particular, sino una constante en el ánimo nacional.

Vivimos un malinchismo imparable en casi todos los ámbitos. Apreciamos las marcas importadas, las ideas que entre más ajenas nos suenan más embeleso nos causan. ¿Por qué? Esta percepción no es difícil de identificar. Piense, ¿cuáles son los lugares que más frecuenta? ¿En qué tipo de productos gasta su dinero? ¿Cuál es su música preferida? ¿De qué nacionalidades son las personas que más admira? No trato de exaltar ningún nacionalismo, ni de volver fanático a nadie; es sólo una observación, en parte una preocupación personal. ¿A qué obedece esa devaluación que practicamos, en ocasiones de manera inconsciente?

En su discurso al recibir el Premio Nacional de Letras de 1977, Octavio Paz exclamó: “Cada vez que el hombre desconoce a otro hombre, se desconoce a sí mismo, se niega; cada vez que reconoce a otro, se descubre, se recobra a sí mismo.”

Somos una sociedad con prácticas de exclusión que saltan a la vista, existe un buen número de grupos hacia los que la discriminación ya no representa una novedad. Un ejemplo de ello son los dialectos que están en peligro de extinción en estados como Oaxaca. No quiero acostumbrarme a la idea de que la discriminación que asumimos frente a estos grupos no tiene remedio ni cura, y que ha sido aceptada como un valor cultural que permea inevitablemente nuestra manera de actuar.

Castellanizar la manera de vivir de un pueblo para conseguir sobrevivencia de repente dejó de parecernos un acto de violencia y exclusión. Darle legitimidad a la lengua nacional y limitar los canales de información y difusión a un solo idioma, está dejando a otros mexicanos sin nada que decir o compartir ante la multitud. Ellos tienen otra manera de entenderse, pertenecen a otro mundo, “déjalos, no nos entienden”. Pero, ¿hemos pensado cómo sería intentar entenderlos a ellos?

“Estamos al fin solos. Como todos los hombres. Como ellos, vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y del ‘ninguneo’: el de la soledad cerrada”, escribe Paz. No sé qué es lo que tengamos que hacer, ni cómo fortalecer a las lenguas indígenas o ampliar sus espacios de uso. No se me ocurre cómo crear ambientes que garanticen su reproducción, pero lo que sí entiendo es que no quisiera saber que al igual que Juan Preciado, en Pedro Páramo, otro hombre o mujer tuviera que decir que lo mataron los murmullos, y que de su voz tal vez sólo quedará un eco, que apunta a un pasado que se olvida, se calla y se entierra en el silencio.

Twitter: @diananapoles

Texto publicado en la sección La Laguna del periódico El Siglo de Torreón el 9 de enero de 2013.

Enlace a publicación: https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/826800.html

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Diana Nápoles
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Written by Diana Nápoles

Comunicóloga, lectora y cronista en entrenamiento

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