Mi primer 21K trail

Crónica deportiva

Diana Nápoles
9 min readNov 15, 2019

Por: Diana Leticia Nápoles Alvarado

Hay un poema patriota que no me gusta, lo escuché en la primaria porque un compañero lo recitó de memoria durante unos honores a la bandera.
Al final el poema dice: “Y fuentes y prados y valles y cielos, / cantando los nombres de luz de los dos”, el resto no importa mucho. No tengo idea de por qué pero esa frase se pegó a mi memoria y la he seguido arrastrando hasta estos años. Y de repente, sin saber muy bien cómo, me descubro diciendo en voz baja: “Y fuentes y prados y valles y cielos”, así nomás.

Pasan semanas y de nuevo esa línea se subraya en mi memoria. No tengo idea de por qué ocurre.

El domingo 10 de noviembre corrí un 21K en Monterrey, en el Cañón de las Mariposas: un lugar hermoso, lleno de la vegetación propia de cerro, con un clima entre fresco y frío. La buena noticia es que no había mariposas, porque les tengo fobia.

A este viaje llegué acompañada de un equipazo, los Centinelas. Ellos son un grupo de gente apasionada por este deporte que me ha acogido durante los últimos meses. Charly, Javier, Sam, Caro, Edgar, Gared, Susy y yo llegamos a Monterrey un día antes para recoger nuestro kit de la carrera.

Cielo cerrado y la promesa de que nos tocaría un clima privilegiado para la prueba del día siguiente. Cuatro de nuestros compañeros correrían 50 km, mientras que el resto haríamos medio maratón, Susy y yo uno trail por primera vez.

Nunca había asistido a una carrera fuera de Coahuila, fue mi primer viaje para competir en otro estado. A decir verdad este año está siendo “la primera vez” de muchas cosas: mi primer maratón, mi primer triatlón corto, mi primer duatlón, mi primera subida al helipuerto, mi primera bici de ruta, mi primera caída en un entrenamiento trail con raspones y toda la cosa, jajaja, ¡muchas cosas!

Me gusta llegar a los lugares nuevos sin expectativas, sólo preocupándome por disfrutar de todo, a mi manera. Para empezar, nuestra visita a Monterrey incluyó un tranquilo paseo por el Parque Fundidora, donde vi unos patitos que no se dejaron agarrar.

Fotografía de Edgar Uribe.

Después llegamos al hotel y fuimos a cenar taquitos (cómo no), para recargar pilas. Al día siguiente la jornada empezó a las 5 a.m. A las 6:40 ya estábamos en el lugar del banderazo de salida. A las 7:00 despedimos a nuestros compañeros de 50K que empezaron una hora antes que nosotros. Les dimos un abrazo, porras y les dijimos que los esperábamos en la meta.

Un poco de nervios, frío, decidir no llevar chamarra, ganas de ir al baño, fila larga, mejor no. Por fin empezamos. “Y fuentes y prados y valles y cielos”. Cielo despejado. Lo primero que supe es que ha sido el medio maratón más acuático que he hecho. Mi cuarto 21K.

En los primeros nueve kilómetros hubo un montón de arroyos, algunos sólo me mojaban los tobillos, mientras que otros me llegaban hasta donde empieza el short. Agua fría por supuesto para ponerle sabor a la aventura. En algunos tramos el agua era transparente y veías las piedras del fondo, pero en otros no, y de repente tropezabas o tu pie caía sin aviso más profundo porque no veías nada. Algunos de plano sí se cayeron dándose un baño de cuerpo completo.

Cuando cruzábamos los arroyos teníamos que caminar, como el ritmo disminuía el tiempo dejó de ser importante. Las personas que iban adelante y atrás de mí avanzaban más o menos a la misma velocidad que yo. Entonces hacíamos bromas aunque ni siquiera supiéramos nuestros nombres. “Ay no, ya sentí una ánguila”, “¿y si nos sale un cocodrilo?”, “¡ya pisé una medusa!”. El ritmo del grupo fue consistente en los primeros kilómetros.

Una chava me contó que era su primer medio maratón y su segundo trail, que había traído unos calcetines extra para evitar ampollas, pero tras el remojón la idea de cambiarse los calcetines sonaba un poco absurda.

En el primer abastecimiento de hidratación nos recibieron con sonrisas y porras. Piernas mojadas en valles y cielos. Bueno, ese no era un valle, sino más bien un cañón.

En el camino me topé a Meny, un miembro de Centinelas que no conocía. En cuanto vi su playera supe que pertenecíamos al mismo clan, nos presentamos y hasta me tomó unas fotitos muy chulas.

Fotografía de Meny.
Fotografía de Meny.

Continué. Una chava que iba adelante de mí de repente se paró y dijo: ¡ya nos perdimos, no veo los listones! (para quienes nunca han hecho trail, la ruta se marca colgando listones en las ramas de árboles y arbustos del camino), pero luego agregó: ah no, es por allá, ya vi el listón. Me sentía exploradora, nunca había pisado esos sitios, en realidad perderme no era el plan pero si hubiera pasado sé que igual me habría gustado. Seguimos avanzando, ahora sí ya podíamos agarrar camino sin deternernos tanto porque quedaban pocos arroyos y el agua llegaba sólo hasta los tobillos.

Del kilómetro trece al diecisiete fueron cuestas, “otro cerrito nada más”, recordaba mientras trataba de conservar el ritmo para que el sol no me sorprendiera tan lejos de la meta. A estas alturas ya hacía calor. Piedras, subida, fila india, querer rebasar, que no te den chanza, no hallar por dónde, vereda angosta. No querer gritar: ¡pista, pista!, porque siempre se me ha hecho medio mamón decir eso.

Querer rebasar, impaciencia, por fin poder hacerlo gracias a que la vereda se abrió un poco. Gente amable a la que no le tienes que decir: ahí comper, porque solitos se orillan. Mi pensamiento: ¡Gracias, que Dios me los bendiga con un lonche del Payo al final de todo esto!

A tramos correr con más ganas, porque la que no me dejaba pasar allá atrás se viene acercando y no quiero que me cierre el paso otra vez. Sigo. Los paisajes al pie de la carretera son preciosos. Cerro tras cerro, verdes, neblinosos, tráileres avanzando por esas autopistas curvilíneas.

La fila india no estuvo chida, pero en cuanto volví a la soledad de mi ritmo, todo era agradable nuevamente. Así que me dediqué a ver todo a mi alrededor y a tratar de no tropezar con las piedras de bajada.

Los últimos kilómetros fueron un regalo. Hubo dos kilómetros con una bajada pronunciada que fueron el pretexto perfecto para que pudiera abrir la zancada, eso que todos siempre me dicen que haga y que yo nada más no termino de afianzar, pero ese declive me invitó a hacerlo. Rápidamente empecé a bajar como venado de piernas largas. O quizá no iba tan rápido pero me sentía imparable.

Fue mi punto culmen. Si pudiera ponerle un soundtrack a cada intérvalo de la carrera, esos dos kilómetros fueron algo así como el vals. Yo, con un audífono puesto, cantando en voz alta, moviendo la cabeza de un lado a otro al ritmo de la música, contenta de no tener que hacer gran esfuerzo para avanzar, disfrutando la bajada, sacándole provecho a mi 1.70 m., avanzando a pasotes, queriéndome comer el mundo.

¿Qué les puedo decir?, fue mi perfect moment, como el postre por adelantado o la gratitud de cuando te preguntan: ¿te sirvo otro plato?, sin tener que pedirlo.

Total, cuando se acabó la gloriosa bajada, siguieron alrededor de tres kilómetros más de terreno lleno de piedras, pero con poca elevación. Yo venía con vuelito y dije: ya no pierdas este ritmo hasta la meta.

Me fui tratando de respetar el acuerdo y le metí. En el último abastecimiento de agua nos echaron porras nuevamente. En la bajadita un señor y yo platicamos un poco. Le dije: mañana nos van a doler las rodillas por bajarlo todo recto, pero ni modo. Me contestó: “sí, ni modo, vamos a darle y a disfrutar”, me cayó bien por su sencillez. El resto del camino me fui persiguiéndolo porque él mantenía el ritmo que yo quería conservar.

Nos fuimos diciéndonos frases de ánimo el uno al otro durante esos tres kilómetros de cierre. “¡Vamos, ya casi!”, “venga, ya estamos ahí”, “échele, con todo”. Ya saben. Llegamos prácticamente juntos a la meta, él hizo una distancia mayor a la mía pero nos sentimos igual de agradecidos al terminar.

Antes de llegar, rebasé a una chava que todo el camino estuvo adelante de mí, fue una victoria minúscula e invisible que le dio un buen sabor a mi cierre, ya de por sí intoxicado por las endorfinas del momento.

Al final, cuando nos dieron la medalla, mi pacer de los últimos kilómetros me presentó a su esposa y le dijo que nos tomara una foto, luego agregó: ella me jaló los últimos cinco kilómetros. Yo le dije: al contrario, usted a mí. Me contó que era de Monterrey y yo le dije que venía de Torreón.

Después me fui a bañar al hotel y más tarde volví para comer el platillo que nos ofrecieron en la carrera: arroz, frijoles y un guisado de papas con chile y carne de puerco.

Comida al final de la carrera.

Así, cansados y un poco adoloridos, nos sentamos en la banqueta de una casa para esperar la llegada de nuestros ultramaratonistas. Uno a uno fueron cayendo en la meta Charly, Javier, Sam y Caro. Su hazaña fue inmensa e hice lo que me gustaría que mis amigos hicieran por mí en ese caso: grabar su llegada a la meta. Como pude, corrí tras ellos con celular en mano para dejar registro de sus últimos metros antes de convertirse en Ultramaratonistas.

Llevaba puesto un pantalón de mezclilla que después del 21K me quedaba flojo y entonces, tratando de no hacerlo evidente, tenía que írmelo subiendo con una mano mientras perseguía a los Centinelas a todo galope. Qué risa me doy algunas veces.

Charly llegando a la meta mientras Susy y yo corríamos tras él.

Sin duda una gran experiencia. Me encantó la ruta, quisiera volver en 2020 por una distancia mayor y con una preparación aún más consistente. Estoy convencida de que la vida es hoy. No pospongan las cosas que quieren hacer, porque las oportunidades se escapan y no vuelven.

Gracias a Centinelas team por la invitación y por llevarme a vivir mi primer medio maratón trail (aunque el reloj me marcó 22.46 km), donde pude disfrutar de montes y prados y valles y cielos
Fin.

Twitter: @diananapoles

*Texto escrito el 14 de noviembre de 2019.

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Diana Nápoles
Diana Nápoles

Written by Diana Nápoles

Comunicóloga, lectora y cronista en entrenamiento

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