Recuerdos y cosas raras

Relato

Diana Nápoles
2 min readOct 17, 2021

Por: Diana L. Nápoles

He visto cosas raras en la calle y a veces digo: esto lo voy a contar, pero se me olvida. Si no lo escribo, de verdad es difícil que lo recuerde.

Hace unas semanas iba manejando por una colonia y en la orilla de la banqueta estaba un niño como de nueve o doce años. Era domingo por la tarde y hacía sol. Cuando pasé cerca de él fingió que lo atropellaba, pero sin caerse, sólo se movió aparatosamente, al tiempo que sacudía los brazos y cabeza en una especie de convulsión.

Me reí de su reacción pero me asusté porque por un momento pensé que era en serio, aunque me quedaba bastante lejos. Dije: achis qué. Seguí despacio y en eso vi que atrás venía otro carro, a quien el niño le jugó la misma broma. A cada conductor le recreaba una escena como si le hubieran pasado la llanta por encima del pie.

Cuando yo me aburría de niña compraba tarjetas de Ladatel para marcar a números al azar en el teléfono de la otra cuadra, luego decía cualquier nombre y la gente extrañada contestaba: aquí no vive, a lo que yo añadía: ¿Sí, no? Y luego colgaba y salía corriendo, como si alguien me persiguiera. Todavía al recordarlo me da risa.

Eso de las tarjetas ya no lo recordaba tampoco hasta hace unas semanas que lo escribí en un tuit. De verdad las personas hacemos cosas muy raras algunas veces, casi todos los días más bien.

Y siguiendo con el asunto de los recuerdos, he notado que son los olores los que con más arrebato me regresan a algún momento del pasado. Por ejemplo, cuando paso por afuera de una florería, el olor del agua donde se conservan las flores me traslada de inmediato a las interminables tardes en la iglesia, cuando mi mamá o mi abuela materna decían: vayan a ofrecer flores.

Era mayo, había rosarios a diario y yo me formaba para que me dieran un ramo de flores cinco veces para pasar a dejarlas en una mesa al frente cada vez que terminaba un misterio. Poco entendía de lo que significaba aquello, pero el aroma de agua de flores (las ponían adentro de una tina para que no se marchitaran y duraran varios días) se quedó impregnado para siempre en ese recuerdo.

Una vez que dejaba el ramo en la mesa abajo del altar, corría para llegar primero a donde nos lo volvían a repartir, quería llegar rápido a ver si ganaba las flores que me habían gusto más en el siguiente recorrido. Desde niña, compitiendo por quién sabe qué recompensas. Infancia es destino, dicen…

*Texto escrito el 17 de octubre de 2021.

Twitter: @diananapoles

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Written by Diana Nápoles

Comunicóloga, lectora y cronista en entrenamiento

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