Rescate en la Sierra de Jimulco
Crónica
Por: Diana Leticia Nápoles Alvarado.
Me llamo Lalo. Soy lagunero y vivo en Torréon, Coahuila. Esencialmente soy corredor, pero también ciclista, nadador y trail runner.
Soy muy armado, cuando me pongo un objetivo le doy hasta cumplirlo, es raro que no lo logre. Aunque me vaya mal, estoy duro y dale hasta que lo consigo.
Soy aventurero en todos los sentidos, siempre tengo que estar haciendo algo. Estas características terminaron siendo mis herramientas para lo que voy a contar.
…
Domingo 31 de marzo de 2019. 6:00 a.m.
Tuvimos la carrera 5K Héroes del Colegio Montesquieu. Los corredores iban disfrazados; yo no corrí, fui de staff con Rober.
Me tocó instalar los arcos de la meta. La carrera empezó a las 8:00 a.m. En sus marcas, listos…, ¡fuera! El evento salió muy bien, terminamos a la 1 de la tarde. Llegué a mi casa, dije: no voy a hacer nada, vengo cansado.
Estaba acostado y como a las 2 me llamó un amigo, Manolo. Me llevo bien con él pero nunca hablamos por teléfono y se me hizo raro. Dije: algo pasó.
— Qué onda, bro.
— Oye bro, ¿conoces bien el Centinela?
— Simón. ¿Por qué, qué pasó?
— Fíjate que el hijo de unos conocidos se perdió allá — . Lo primero que pensé fue: no está perdido, las veredas están marcadas y hay muchos listoncitos. A lo mejor se cansó, se retrasó o perdió tiempo tomando fotos.
— ¿Te animas a ayudarnos para ir a buscarlo? Nosotros pasamos por ti y todo.
— Simón.
— En una media hora llegamos por ti.
Antes de ese día había subido seis veces El Centinela, siempre iba acompañado de al menos una persona. La primera vez que lo subí no se me hizo tan difícil porque ya había ido a La Viga, que es más pesada en cuanto a desnivel. En ese tiempo llevaba un año y medio corriendo trail.
En mi primera visita al Centinela hice 11 horas (entre subida y bajada), son 21 km. Vas a un ritmo lento, te paras, haces fotos, lo vas disfrutando. Luego vuelves y quieres hacerlo más rápido.
3:00 p.m.
Llegaron por mí en una camioneta, iban otros dos conocidos de la familia que se veían como excursionistas pero de tracking no de trail run, llevaban mochilas grandes de acampar. Dijeron que conocían el cerro. En la camioneta también venía mi amigo Manolo.
Nos fuimos directo a La Flor de Jimulco. El Centinela, también llamado Cerro Las Nopaleras, es una montaña de 3,146 metros sobre el nivel del mar. Llegamos a La Flor y agarramos el caminito que es vereda-terracería por donde entran los carros; del pueblo a la base del Centinela son 2 km, llegamos hasta donde entró el carro.
5:00 p.m.
Cuando llegamos los señores de las mochilas dijeron: vámonos despacito. Hacía calor. En esas fechas el sol se mete como a las 8 de la noche. En general era tarde para llegar al Centinela.
Normalmente cuando vamos, salimos de Torreón a las 5 a.m., llegas a las 7 y empiezas a ascender. Se hacen alrededor de diez horas entre subida y bajada. Cuando vi el equipo con el que planeaban subir les dije: No, ¿saben qué? Mejor me voy corriendo solo y trato de aprovechar lo más que pueda la luz porque ya se va a hacer noche. Si quieren ustedes se van a su ritmo y si lo encuentro o algo me regreso y les aviso.
Manolo maneja drones y lo metió desde la base para ver si se veía algo, pero realmente no sirvió. En el desierto un punto no se ve entre la maleza. No me dieron ningún indicio de dónde podía haberse perdido, sólo que no sabían dónde estaba. El chavo llevaba puesto tenis trail, short, playera y una mochila de hidratación de 2 litros.
Empecé: en sus marcas, listos…, ¡fuera! Salí corriendo como loco, así a topezote. Para iniciar subes un cerrito que se parece al helipuerto, luego bajas y apenas iba a la mitad de esa subida cuando oí que me gritaban desde abajo: ¡Lalooo!
Dije: ah no manches, no se perdió, ya lo encontraron. ¡Ya sabía! Me regresé y empecé a bajar una distancia como del helipuerto a las primeras antenas. Se me acercó el papá y me dijo que tenía un radio y que su hijo traía el otro, pero por las montañas no había señal.
Habían pasado más o menos 45 minutos entre que subí, me gritaron y en lo que bajé. El radio era un walkie talkie normal. Dije: bueno, igual ya más adentro jala. Empecé a subir otra vez.
Nunca había ido solo al Centinela, siempre acompañado de otra persona al menos. No tenía miedo, la verdad sentía que era una aventura. Pensaba: lo voy a encontrar aquí luego luego, todavía hay luz, conozco el terreno. Nunca me dio miedo ni me preocupé.
Iba en modo aventura, de cotorreo. Mientras subía vi a cuatro chavos que venían bajando. Me dio mucha alegría porque dije: no manches, ahí viene en esa bolita, porque ¿quién fregados anda a estas horas en El Centinela?
— ¿Quién de ustedes se llama Gil y estaba perdido? — . Todos se quedaron con cara de: ¿qué?
— Sí, Gil, un muchacho que estaba perdido.
— Achis no, nosotros venimos aparte — . Ahí fue cuando dije: no manches, qué pedo.
— No pues con cuidado. ¿Vieron a algún otro chavo arriba?
— No nos topamos a nadie en el camino.
7:00 p.m.
Ahí fue cuando se me acabó un poquito la emoción de la aventura.
Después de subir y bajar el cerro, brincas una loma bañada, fácil pierdes más de una hora en eso, luego bajas y entras a un camino ancho de río, pura piedra grande, pero vas entre los cerros, como entre un barranco. Ese tramo son 5 km con poquita subida.
Mientras ascendía, iba pensando en que eso me serviría de entrenamiento porque en mayo tendría una carrera de 24 horas en La Viga. Empecé a caminar, caminar, caminar. Y cuando tuve El Centinela de frente, ahora sí donde es el mero cerro, el mero pico, ahí empecé a hablar por el radio.
— ¡Gil, Gil, Gil!
Y nada, entonces, pasaba otra lomita y volvía a intentar.
— Oye, Gil, Gil.
Y nada. Cuando brinqué la parte del río y la loma ya estaba más despejado y seguí hablando por el radio. De repente Gil me contestó.
7:40 p.m.
— Gil, soy Lalo, un amigo de tus familiares, me avisaron para que viniera a buscarte.
— Bueno… Ah OK. Llegué a la cima, empecé a bajar, pero mientras descendía no encontré el camino y empecé a desviarme.
Gil agarró por donde creyó, camino virgen, es decir, lleno de hierba. Y caminó, caminó y caminó, alejándose cada vez más de la ruta. Gil estaba perdido desde las 12 p.m., es decir, llevaba alrededor de 8 horas deambulando.
— Oye, ¿tienes agua?
— Sí, tengo una mochila con poquita agua.
— ¿Y alimento?
— No, no tengo nada de alimento sólido, pero no tengo hambre — . Yo llevaba barritas, agua, electrolitos y chocolates.
— ¿Y cómo estás?
— Mal, me duele mucho el hombro. Cuando empecé a bajar entre las hierbas estaba muy empinado, pisé y, ¡sopas!
Se cayó en un barranco y se dislocó la clavícula, por eso le dolía el hombro. Cuando me dijo eso, dije: chíngale, esto sí es grave. Se me acabó el espíritu aventurero y dije: este güey sí está perdido y sí es grave, va a estar complicado. Entonces caminé lo más que pude. No tenía orientación, ni sabía en qué parte estaba. Él no tenía lámpara, sólo hidratación.
8:00 p.m.
Avancé por el río lo más que pude, ya estaba oscureciendo. Llevaba una lámpara de ciclismo de las grandes que tiene mucha potencia y empecé a aluzar al Centinela. Desde abajo me comunicaba por el radio.
— Oye, Gil, ¿ves la luz?
— Sí, ya te vi, estás abajo.
— Bueno, ya tenemos visión. Voy a empezar a apuntar y tú me dices para dónde muevo la luz para que apunte hacia ti.
— OK, súbela más, más, más. Más a la derecha, a la izquierda, arriba. Ahí, ¡ahí está la luz hacia mí!
Fue más o menos como me guié. Haz de cuenta que tienes El Centinela de frente y está la cima, Gil estaba a la mitad pero un chorro a la izquierda, nada que ver con la ruta del camino.
Le dije que empezaría a subir en línea recta, que no se moviera, aunque por el dolor del hombro ya llevaba varias horas parado. Entonces subí por la ruta normal del Centinela para aprovechar el camino; luego, cuando llegué a la altura a la que estaba Gil, volví a hablarle por el radio para que me dijera cuando viera la luz de la lámpara apuntando hacia él.
— Estoy viendo la luz, me tienes aquí de frente.
9:00 p.m.
Empecé a caminar, me desvié del camino, estaba oscuro. Iba entre hierbas y espinas, brincando y rodeando. Me metí un chorro a la maleza. Aunque aparentemente avanzaba en línea recta, batallé para encontrarlo. En realidad no podía correr en línea recta porque tenía que rodear la hierba, pozos y otros barrancos, es terreno irregular.
Alrededor de las 9:30 p.m. por fin lo encontré gracias a la lámpara y las indicaciones. Me emocioné y a la vez me agüité. Vi que traía el hombro dislocado, dije: ay, güey. Se le veía el hueso mal acomodado. Esto era serio, no cotorreo como las cosas que acostumbro hacer, se me bajó la sonrisa. Traía pastillas para el dolor, le di una, tomó agua y le dije: pues vámonos calmadito.
Él no podía correr, sólo caminar y ya venía fastidiado. Gil tiene entre 17 y 18 años. Me contó que iba con su papá, pero que se fue con otro grupo que conocía el cerro y se había quedado atrás.
Le dije: vamos a bajar, tardaremos bastante, pero ya te encontré, es ventaja. Y ahora sí con la ayuda del reloj Garmin (Garmin, patrocíname y a la cronista también) vi por dónde y seguí el mismo camino por el que había llegado.
Otra vez cruzamos las hierbas, ahí sí nos dimos un tiro. Luego entramos a la ruta y empezamos a bajar muy, muy, pero muy lento. La verdad me desesperé. Caminábamos despacio.
— Oye, ¿nos falta mucho? — Preguntaba con insistencia, él iba cansado.
— Sí, falta un chorro y vamos a llegar tarde — . No quería engañarlo.
10:00 p.m.
Empezamos a bajar el pico del Centinela y casi llegando a la base del cerro, antes del río, vimos a dos señores con un burrito, eran ejidatarios de La Flor de Jimulco que habían sido contratados por los familiares de Gil, tal vez porque vieron que nos tardamos mucho. Me les acerqué para hablarles.
— ¿El papá de Gil ya sabe que lo encontramos?
— No.
— Aquí se los dejo y ya se lo llevan ustedes en el burro, por mientras yo me adelanto corriendo para avisarles.
Todavía traía power para adelantarme. Empecé a trotar a mi ritmo. Correr, correr, correr. Me invadía la adrenalina. Estaba en El Centinela, de noche y fui a rescatar a un chamaco.
Cuando dejé a los ejidatarios y a Gil faltaban 5 km de río, luego subir y bajar, en total eran 15 km, un aproximado de 3 horas más de camino a paso lento. Corrí por el río, luego subí y bajé el cerrito que se parece al helipuerto.
11:30 p.m.
Cuando llegué vi al papá, los dos señores de las mochilas y un tío de Gil.
— ¡Ya lo encontré y está bien! Veníamos bajando, nos topamos con los ejidatarios y se lo dejé para que ellos lo bajaran, se dislocó un hombro.
Cuando me vieron, se emocionaron y se les dibujó una sonrisota. Habían pasado más de seis horas desde que empecé el ascenso.
— Nada más que se van a tardar porque vienen lento, hay que esperarlos.
En la camioneta nos habían traído mucha comida: sándwiches y cosas de una tiendita, yo tenía un chorro de hambre y me atasqué. Luego estuvimos esperando.
1:00 a.m.
Empezamos a ver que las lucecitas de las lámparas venían bajando. Cuando por fin llegaron, se abrazaron y el papá se veía súper feliz.
Nos quedamos 20 o 30 minutos mientras Gil comía algo y yo les contaba la historia resumida de dónde lo encontré. En eso llegaron los de Protección Civil de Torreón, eran tres señores con sobrepeso que venían fumando. Levantaron el reporte de que lo habíamos encontrado. Alrededor de las 2 a.m. emprendimos el camino de regreso a Torreón.
4:00 a.m.
Llegué a mi casa todo sudado y sucio, sólo me quité los tenis y pum, me dormí. Ni ganas tenía de bañarme, estaba muertote.
A las 5:00 a.m. me desperté porque tenía que llegar a mi trabajo en Factor Cycling. Dormí una hora pasada. Días después me puse a pensar que había hecho muchas cosas atrabancadas, para empezar no debí haberme ido solo, sino con un amigo que tuviera el mismo ritmo que yo para buscarlo entre los dos.
El terreno es irregular, pude haber sufrido una caída o fractura. Además, era temporada de víboras de cascabel. Si me hubiera pasado algo adentro de la montaña, los que estaban abajo no se hubieran enterado.
Al final sentí satisfacción por haberlo encontrado. Era el objetivo y se logró. Es como en una carrera: el objetivo es llegar a la meta. A veces no vemos la gravedad de ir a un lugar sin la preparación física necesaria. Quienes hacen este tipo de cosas deben ir equipados, además de conocer la ruta y el terreno.
…
¿Quién soy?
Me apellido Beltrán. Tengo 30 años. De lunes a domingo me levanto a las 5:00 a.m., vengo a Factor Cycling tres horas. Entre 8 y 9 hago bici y a las 11 corro. Después me voy a comer, descanso y vengo otra vez a Factor en la tarde. También colaboro como staff en las carreras de Summits y soy veterinario, atiendo a clientes por cita.
Ahorita estoy más dedicado al deporte. De lunes a viernes entreno 3 horas diarias. Los fines de semana hago 4 horas de bici y 2 corriendo. El 25 de abril de 2020 haré mi primer Iron Man 140.6 en Texas, quiero hacer un buen tiempo. Para quienes gusten apoyar los gastos del viaje, tendré a la venta calcetas de Aereo.
Empecé en la bici por Ruedas de desierto, cuando todos andaban en bici, pero sólo en asfalto. Llegó un momento en que dije: necesito algo más, no sabía qué, pero andar en la calle ya no me llenaba. Quería algo más explosivo, más rápido.
En 2014 tenía 26 años y un amigo me llevó a la Sierra de Sarnoso, así empecé a hacer ciclismo de montaña. Ahora la montaña es lo mío. En 2015 acompañé a una amiga al Maratón Lala, fui de abasto en la bici y me empapé de las porras. Dije: ¡no manches, se siente bien padre, quiero correrlo el próximo año! Yo no corría, ni siquiera me gustaba.
Al principio pensé: nada más haré un maratón para sentir a la gente. En marzo de 2015 empecé a prepararme. Tras correr un maratón uno se emociona, me piqué y después quise otro y otro.
He corrido 5 maratones de asfalto, 4 Lala y el Powerade. He hecho dos maratones trail en carrera y 2 más pero solo (agarro mi mochila y lo corro sin compañía). Luego me enteré de los ultramaratones y en 2018 corrí mi primer 100K Garmin. Me fue muy bien, quedé en segundo lugar de mi categoría, desde ahí me gustó mucho la distancia.
Después, empecé a hacer triatlón, en 2017 hice el Iron Man 70.3 de Monterrey. Nunca hice triatlón sprint u olímpico. En abril de 2018 hice la distancia de un Iron Man 70.3 pero solo, me fui temprano a la deportiva, nadé los 1900 metros, agarré la bici y rodé 90 kilómetros, terminé y luego me fui a correr medio maratón completamente solo, con mi mochila trail. Me sentí bien y dije: no manches, si pude hacer uno así solo, se pueden hacer varios.
Me entró la espinita y estuve analizando mi condición física. En diciembre de 2018 hice cinco Iron Man 70.3 seguidos por mi cuenta. ¿Por qué? Porque se puede, por el amor a destruirme (broma). Si pude hacer uno, pensé que podía hacer cinco seguidos, uno diario. Promedié 6 horas en cada uno, el más rápido fue en 5:50 horas.
Empecé el 12 de diciembre de 2018, recuerdo que el segundo día sufrí porque hacía mucho frío. El último día lo hice en la presa y nadé con el agua frillota. Me ayudaron mis amigos. El último día me acompañaron en bici y corriendo.
¿Por qué hice cinco? No sé, tanteé lo que podía aguantar. Terminé muy bien, después de los cinco dije: me cae que puedo hacer un sexto o hasta un séptimo, pero dije: nah, ya estuvo, era domingo y pues trabajo y tengo otras cosas qué hacer.
En enero de 2019 fui al 80K Ultratrail del Oso Negro en Santiago, Nuevo León, hice 14 horas, quedé en primer lugar de mi categoría y en sexto general. Llegué fuerte porque había hecho los cinco Iron Man.
En marzo de 2019 corrí el Maratón Lala porque me regalaron la inscripción unos días antes, hice 4:10 horas. En 2019 también volví a correr el 100K de Garmin, marqué 17 horas. Tenía planeado hacer tres Iron Man 140.6 seguidos, pero cuando se lo conté a Joaquín, mi entrenador, me preguntó si había hecho uno completo y le dije que no. Así de atrabancadote soy. Entonces me propuso ir a Texas para hacer uno oficial y acepté.
Me gusta mucho nadar en mar abierto, una vez nadé 6 kilómetros desde Mazatlán hasta las islas de enfrente. También rodé la Durango-Maza en un día. Me gustan los bichos.
Twitter: @diananapoles
*Texto escrito el 24 de diciembre de 2019.