¿Ser bueno, ser feliz o ser real?

Columna de opinión

Diana Nápoles
3 min readMar 15, 2017

Por: Diana Leticia Nápoles Alvarado

Hagamos un trato. Quiero que me diga cuál es el secreto de la felicidad, dónde se encuentra, cómo la puedo conquistar. A cambio le ofrezco no dejar en el olvido lo que escuche. -Muchacho, mi sabiduría no te serviría de nada, mis respuestas no son las tuyas, ni mis problemas los que tú enfrentarás. -Él se puso furioso, creyendo estar solo e incomprendido.

¿Alguna vez hemos sido capaces de imaginar la felicidad? ¿Podríamos pensar que con sentirnos bien estamos siendo felices? ¿Cómo se siente la felicidad?

Estamos ante uno de los problemas filosóficos más antiguos. Desde la corriente del utilitarismo, somos felices en la medida en que obtenemos placer. Vivimos tratando de minimizar nuestro dolor y maximizar nuestro placer, buscando obtener beneficio de todo lo que nos rodea.

Para fines prácticos resulta más importante una visión realista que idealista. Algunas personas creen que siendo buenos obtendrán la felicidad como resultado. “Las obligaciones a que debe someterse quien quiera vivir una vida moralmente buena le obligan a sacrificar muchas de las cosas que proporcionan felicidad”, comenta Owen Flanagan, profesor de Filosofía de la Duke University.

Entonces, ¿quiénes son buenos? ¿Los que creen en dios? ¿Los que se conmueven de sus gracias y pecados? No se trata de establecer qué es bueno y qué es malo, sino de preguntarnos ¿Cómo te sientes con lo que haces? Un niño cree que es bueno porque hace su tarea. Un hombre cree que es bueno cuando le dice a su esposa que nunca ha pensado en otra mujer. Sin embargo, la concepción que tenemos del bien proviene generalmente de una visión religiosa. Pero, ¿acaso toda ética debe contener necesariamente un fundamento religioso para poder ser válida?

La fe debiera ser un acto consciente, una decisión. Cuando asumimos creencias sólo por seguir la tradición o porque así nos lo inculcaron estamos pagando un precio demasiado alto, me refiero a la pérdida del yo.

Cuanta más conciencia existe, mayor voluntad tenemos. Pero todo indica que es más fácil vivir en el anonimato, confundirse en la repetición. Hallarse olvidado de sí mismo, ser parte de una ilusión, de algo inaprensible que aglutina las rutinas y los deseos, que se mece como una hoja en el aire, yendo hacia donde van las voluntades ajenas. Es más sencillo no tener sentido de la posesión, ser el eco de la colectividad, un invento sin creador.

-Sí, tienes razón, -contestó el muchacho. -A mí me parece como un recuerdo que se desmorona antes de que termine de recorrerlo. -Y el sabio agregó: “Como la ironía de una existencia abandonada, una que se encuentra consigo misma y se pregunta: ¿Qué haces?”.

Qué hay de aquél que no ha reconocido el sentido de su vida, la conciencia de su ser. ¿Qué hace con todo esto después? Va y lo tira al bote más cercano que encuentra, no le importa, él sólo quiere escuchar los aplausos, la galantería, el rumor seductor del éxito. Su vida no ha sido más que un nudo de confusión, de temores que se combinan para formar otros mayores. Ha permanecido en la ignorancia de lo posible, se pasea con la alegría demacrada, con las facciones fingidas, calculadas.

Tomar conciencia de nuestro yo implica decidir cómo queremos vivir, dónde queremos estar y en qué vamos a poner nuestra voluntad. Decidir es también una elección. Dejar de seguir y proponer. Quizá la felicidad consista en sentirnos un yo real, elegido por convicción. Qué importa si sabemos definir lo que es ser bueno o malo, mientras nos demos cuenta de que estamos descubriendo la oportunidad de ser en cada momento. ¿A quién le gustaría llegar al final de su vida sintiéndose caer lenta y cadenciosamente junto al montón de hojas que se quiebran bajo el árbol?

- ¿Cuándo descubrirás la incomprensible realidad que te has construido? -Le preguntó el sabio. -¿Por cuánto tiempo más caminarás por la calle como un desconocido? Mejor dejémonos de acordes incompletos y frases desaliñadas.

-Despreocúpate, no tengo nada más qué pedirte, te he arrebatado cada cosa que pensé importante, cada palabra que podía servirme. -Respondió el esteta.

Twitter: @diananapoles

Texto publicado en la sección La Laguna del periódico El Siglo de Torreón el 22 de septiembre de 2010 en el espacio universitario Jóvenes columnistas.

Enlace a publicación: https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/560048.html

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Written by Diana Nápoles

Comunicóloga, lectora y cronista en entrenamiento

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